México-Brasil y el día que Fortaleza fue tomada por mexicanos

Después de los festejos desmedidos en Natal, partimos a Río de Janeiro con nuestros segundos anfitriones: Miguel Angel Brito y su esposa Cynthia. Quiero agradecer por las atenciones que tuvieron con nosotros y la mini turisteada por Ipanema y Leblón. Durante dos días nos recuperamos y descansamos, lo único que hicimos fue tratar de comprar boletos en reventa para el partido de Argentina en contra de Bosnia. Afuera del estadio Maracaná había cientos de argentinos buscando algún revendedor, casi ninguno tuvo éxito y tuvieron que ir a otro lugar para ver el encuentro.

Decidimos ir al fan fest en Copacabana para conocer como se vivía un partido en esa fiesta. Toda la playa estaba llena de argentinos, en realidad no es un lugar cómodo para ver un partido, pero es parte de la experiencia mundialista. A estas alturas ya traíamos a 3 integrantes más en el equipo, para cuidar sus identidades las llamaré niña 1, 2 y 3. Este trío de señoritas manejan toda la actitud mundialista y fue fácil llevarnos bien, ellas son amigas de Cynthia y también se quedaban en el departamento con nosotros.

Sin muchas historias por contar en Rio, partimos a la segunda sede de la selección: Fortaleza. Llegamos aproximadamente a las 3 AM a nuestro hostal con la esperanza de descansar para el partido de la tarde. Al llegar a la recepción me dieron a entender en un “portuñol” que habían sobrevendido las habitaciones y no había lugar para nosotros, en ese momento se nos vino el mundo abajo y teníamos que buscar donde dormir. Agregué un nombre más a mi listado de enemigos, el dueño nunca me dió la cara y que bueno que no lo hizo, yo estaba dispuesto a asesinarlo. Afortunadamente nuestras amigas (niñas 1,2 y 3), rentaron una casa y muy amablemente nos recibieron, de no ser por ellas probablemente hubieramos dormido en la playa. No pude dormir mucho por el coraje del hostal y el nerviosismo del partido.

17 de junio: el día que nos robaron el “puuuuutoooo”
Desperté temprano por la emoción del partido y Beto, Toño, Daniel y yo tomamos un camión rumbo a la Arena Castelao. En el camión había puro brasileño amigable, con cánticos de sus equipos locales nos daban a entender lo contentos que estaban por tener un partido de estas dimensiones. Me dió gusto ver que a pesar de ser rivales, había un sentimiento de hermandad en ese camión. Bajamos del camión, tomamos un par de cervezas y entramos al estadio con una emoción que no puedo describir. Beto y Daniel tenían asientos separados, Toño y yo tuvimos que ir por nuestro lado y la sorpresa al llegar a nuestos lugares fue inmensa. Estábamos justo atrás de las bancas y pudimos ver la salida de todos los jugadores, recuerdo que Diego Reyes me saludó al igual que Peláez, no podía creer la experiencia que estaba viviendo.

El estadio estaba completamente pintado de amarillo, había mucho mexicano pero no teníamos como compararnos contra ellos. Compramos unas cervezas antes de los himnos y nuevamente dejé todo al cantarlo. Ya en mi asiento confieso que tiré un par de lágrimas por todo lo que ese momento significaba, estaba demasiado emocionado. Se escuchó el silbato y el partido comenzó con un estruendo de gritos y aplausos. No pienso resumirte el partido, seguramente ya viste repeticiones de todas las atajadas de Ochoa y la buena actuación de todo el equipo en general. Los aficionados locales se veían frustrados y esa frustración la demostraron robandonos el ya tan característico grito para el portero cuando despeja: “puuuuutoooo”. La guerra de gritos fue impresionante durante el juego, yo mantuve un nivel aceptable de cervezas pero grité como si el mismo diablo se me hubiera metido. Se escuchó el silbatazo final y entre abrazos con Toño y con uno que otro mexicano, estábamos rescatando un empate que sabía a victoria pura. Le di la mano a todos los brasileños a mi alrededor en señal de respeto, al final ellos también se dieron cuenta que el mexicano es 100% pasión y era algo que nos aplaudieron.

Entre gritos de “México, México” y “Brasil, Brasil”, salimos del estadio. No se en que momento Beto, Daniel y Toño se me perdieron y sin darme cuenta segui caminando con un grupo de mexicanos que iban a la fiesta en la playa. Dentro de la multitud me encontré a las niñas 1, 2 y 3 festejando y decidimos tomar un camión rumbo al fan fest. En el camión me transformé y en un duelo de cánticos con los brasileños, el viaje a la playa se pasó rápido. Al llegar a la playa como por obra de magia vi a Toño y a Beto en lo lejos y como de novela corrimos y nos abrazamos. La fiesta continuó durante horas, lo único que veías eran mexicanos besando a brasileñas y uno que otro borrachín tirado en la calle con su bandera mexicana. El cuerpo no daba para más, tomamos un taxi y como torero saliendo del ruedo fui llevado a mi cama. Esa noche dormí con una sonrisa de oreja a oreja, no quiero olvidar nunca ese día.

Muchas gracias por seguir el blog, en la siguiente publicación te contaré sobre nuestro regreso a Rio y la experiencia de ir a un partido en el increíble estadio Maracaná: Bélgica-Rusia.

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